Tras un largo viaje, emocionante,
agotador y divertido, os escribimos por fin desde el corazón de Ghana donde la
pobreza y la riqueza espiritual y humana se fusionan dándonos a conocer un
lugar maravilloso. Es difícil definir brevemente los seis días que hemos vivido
aquí pero si vierais nuestras sonrisas entenderíais el sentimiento que nos
fluye.
Lo primero que hemos aprendido es
a ser pacientes, pues en Ghana no
existen las reglas del tiempo. Para que os hagáis una idea…
Nuestra aventura empezó en Madrid
donde cogimos un avión a Estambul. Allí esperamos 12 horas (algunas de ellas, para nuestra
sorpresa, en un espectacular hotel) al siguiente avión que nos llevaría hasta
Accra. Pasamos la noche en un hostal y al día siguiente tras 11 horas esperando
en la estación, cogimos un bus rumbo a Tamale, en el que estuvimos 16 horas.
Tenemos muy buen recuerdo de este trayecto gracias a Ana, pues con su espontaneidad hizo
reír a todos los viajeros chillando por el pasillo del autobús: “Can I go to the toilet, please? Qué me
meooooo” Una vez en Tamale, esperamos 7 horas más al siguiente autobús que
nos llevaría a Larabanga, y aunque el motor se averió por el camino, finalmente
llegamos a nuestro destino.
Todo este tiempo de espera nos
permitió pasear por las calles de Ghana y conocer su cultura, su gente, su
rutina diaria, sus colores, sus olores… Estábamos absolutamente asombrados de
todo lo que veíamos.
Esta semana los pequeños tienen vacaciones, por lo que solo vienen a la escuela algunos de ellos voluntariamente. Los suficientes como para hacernos entender que enseñar a estos niños y niñas es aprender con ellos, es recibir más que dar. El lunes se reanudan las clases, por lo que esperamos a unos 400 niños.
La familia con la que vivimos, enseñándonos su lengua, a preparar fufu, a usar las herramientas en el campo e incluso a lavar la ropa frotándola contra la piedra... nos hacen sentir cada día que formamos parte de esto.
¡ Estamos encantados !